El filósofo alemán Federico Nietzsche dijo alguna vez que “El pensamiento del suicidio es un consuelo poderoso; ayuda a pasar bien más de una mala noche”. Recuerdo el impacto que su lectura me causó con tan solo veinte años en el inicio de la primavera democrática, cuando todos teníamos esperanzas. Fuera en la revolución, o en que el capitalismo se estaba agotando, que llegaría un mundo feliz en el que las máquinas permitirían que hubiera más tiempo de ocio, que la pobreza disminuiría, que trabajando se podía crecer económicamente, que te podías llenar de guita por algún golpe de suerte, que había un reino de los cielos que nos esperaba. Se creía que el día de mañana las cosas estarían mejor. Era casi una certeza, pocas de esas opciones quedan hoy en pie.
Por supuesto que siempre hubo quienes no creían en lo que nos prometían. Ya lo analizó Emilio Durkheim a principios del siglo XX y sentó las bases de la investigación sociológica con base en el positivismo. Allí trajo mucha inquietud demostrando que, de alguna manera, la misma sociedad “exitosa” generaba a quienes no podían más y los empujaba a quitarse la vida.
En principio habría que decir que no es lo mismo la idea romántica del suicidio que la rumiación reiterada en términos de fantasía recurrente, ni mucho menos que los pasajes al acto. Tampoco es igual el hacerse cortes sobre el cuerpo, el consumo de sustancias peligrosas para la salud, el llevar adelante deportes o prácticas extremadamente riesgosas, que lisa y llanamente quitarse la vida en forma directa sin ambages, de la forma que sea.
Los estudios actuales de salud mental dan cuenta de una elevación del número de suicidios en nuestro país, y esto no ocurre solo en Argentina. Es bien conocida la alta tasa de suicidios en sitios con supuestamente mejor calidad de vida, como ocurría hasta no hace mucho tiempo en los países escandinavos. Y en otras naciones centrales, los casos han subido notoriamente, casualmente o no, desde el uso generalizado de los celulares inteligentes y otras concomitantes transformaciones en la vida cotidiana que impactan en la producción de subjetividades.
Volviendo a nuestras tierras, los adolescentes y los jóvenes de hoy en día la tienen mucho más jodida que en otras épocas. Se han reducido notablemente los horizontes de vida de los sectores populares y de los sectores medios, incluso ya no funciona el imaginario que en otros países la cosa estaría mucho mejor. Hay menos posibilidades de conseguir buenos trabajos en Argentina, o algún trabajo que no sea pedalear en una app, o estudiar y que el esfuerzo rinda sus frutos, y se vuelve imposible poder hacerlo mientras se trabaja y se tiene una familia. Ver un buen futuro se ha vuelto muy difícil.
Las opciones se han reducido notablemente. Los jóvenes podrían hacerse los boludos, o sea caer en la manía, o peor aún caer generalizadamente en la psicosis, ya que el mundo real hostiga las existencias. No son pocos los que eligen perderse en el más absoluto y permanente hedonismo (no hace falta consumir drogas para ello), de allí que el altruismo tenga tan poca y mala prensa y que la enorme mayoría no esté muy convencida de que haya razones para luchar colectivamente y hacerle frente a los poderosos. Además, para qué, si el mundo se va a acabar, “una radio en mi cuarto me lo dice todo” (en verdad las plataformas de entretenimiento a través de las compus y los celulares en cadena).
Y algunos jóvenes, en cantidad creciente, “deciden” irse, y se van. Quizás porque no pueden más, o simplemente nos están diciendo “no” a lo que vendrá. Cada uno encuentra sus propios “Viernes 3 AM”, como alguna vez cantó Charly García durante la dictadura, en el día y hora que pueden. Mientras los de antaño habían probado todos los cambios posibles agotando la existencia de lo humano, los de ahora parecen entregarse de antemano, ya que no es difícil avizorar que con los cambios acelerados en la existencia actual habrá cosas y experiencias nuevas dentro de muy poco tiempo, pero creen que esto no será para ellos. Y se van. ¿Quien no tiene un conocido, amigo o pariente joven que no haya consumado en el último tiempo algún suicidio o intento cierto de quitarse la vida?
Cuando ello ocurre, nos quedamos balbuceando preguntas. El agujero es negrísimo y no tiene fondo alguno, ya que el enigma del sujeto será siempre insondable, no tiene ninguna respuesta. En verdad, la pregunta aún no ha sido formulada, y quizás nunca se logre. Porque, en definitiva, nada nos ata a este mundo, y la vulnerabilidad nos constituye; el dolor está y estará siempre.
Tenemos que construir la “vida en común” junto a nuestros adolescentes y jóvenes para que esta tenebrosa estadística no crezca, para que no se sigan sumando a nuestros “muertos tristes”, al saber que no hemos hecho del mundo un sitio mejor que el que hemos recibido quienes ya peinamos canas. Hay que mejorar esta Argentina urgentemente, entre todos. No es poca cosa, pero habrá que hacerlo, porque deseamos fervientemente que nuestros pibes y nuestras pibas se queden para pelear por una vida digna. Hace un tiempo leí que durante los días de revuelta en el 2001 se registró la menor cantidad de llamados a la línea del suicida.
Hago mías las conocidas palabras de Juan Goytisolo a su hija Julia:
“Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.
Perdóname no sé decirte
nada más, pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre, siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.”
PD: el 27 de septiembre se cumplió un año de la partida de Diego Belardo, quien fuera estudiante de la Facultad de Humanidades (UNMDP). Juanjo Lakonich también es docente de esa misma Facultad.
Docente universitario, psicólogo y novelista
Facultad de Humanidades
Universidad Nacional de Mar del Plata.